Hay sacos que guardan mucho más que mercancía. Algunos conservan el rastro de una actividad que ha marcado la vida de toda una comarca. En La Vera, unos sacos de arpillera que habían servido para transportar café brasileño y después pimentón llevaban décadas olvidados en una antigua fábrica. Su destino parecía estar decidido: acabar desechados. Sin embargo, Eva Jabón encontró en ellos algo que nadie había visto hasta entonces. Una oportunidad para crear.
Los sacos conservaban etiquetas con una fecha que impresiona: 27 de agosto de 1983. En ellas también figura la referencia a 130 bultos. Más de cuarenta años después, parte de aquel material ha terminado convertido en prendas de una colección de moda. «Desde 1983 estos sacos están allí abandonados en una fábrica y los he rescatado yo y ahora están haciendo pasarela», cuenta Eva.
Así nació una de las partes más singulares de Corazón Pimentonero, el proyecto con el que esta creadora extremeña ha llevado la esencia de La Vera al terreno de la moda sostenible. Desde su taller Farandulera, en Mérida, recupera sacos, rafia, latas y otros materiales vinculados a la producción del pimentón para transformarlos en diseños que no se parecen a los que uno esperaría encontrar en una pasarela convencional.
Pero detrás de esas prendas hay algo más que una apuesta por reutilizar materiales. Hay una historia personal, un vínculo con sus raíces y una manera de mirar aquello que otros consideran inservible.
De los retales de sus abuelas a un taller propio
La costura forma parte de la vida de Eva desde mucho antes de que Farandulera existiera. De niña, sus dos abuelas le enseñaron a coser. Con los retales que sobraban de sus trabajos, confeccionaba vestidos para su muñeca Nancy. Aquellos trozos de tela que ya no tenían utilidad para otras cosas se convertían, en sus manos, en nuevas prendas.
Con el tiempo, sin embargo, su trayectoria profesional tomó otro camino. El deporte ocupó buena parte de su vida: trabajó como coordinadora deportiva en el Ayuntamiento de Jaraíz de la Vera, fue dinamizadora deportiva de la Junta de Extremadura y desarrolló su actividad como entrenadora de patinaje artístico. También estuvo vinculada a la danza y al teatro, dos aficiones que le permitieron mantener el contacto con el vestuario y la creación de prendas para sus actuaciones.
La costura seguía ahí, aunque no fuera su principal actividad profesional. Hasta que una lesión cambió sus planes.
Tras sufrir una cuarta rotura del ligamento cruzado anterior de la misma rodilla y pasar por una intervención compleja, los médicos le aconsejaron dejar los deportes de impacto, el patinaje y la danza. No era una recomendación menor: de aquella actividad dependía su trabajo. Cuando esa etapa terminó, tuvo que pensar qué hacer a partir de entonces.
La respuesta estaba, en parte, en algo que conocía desde pequeña.
El 10 de febrero de 2020 se dio de alta como autónoma y puso en marcha su taller de costura. Apenas había transcurrido un mes cuando llegó el confinamiento por la pandemia. El proyecto acababa de arrancar y el escenario no podía ser más complicado.
Lejos de quedarse parada, Eva empezó a confeccionar mascarillas, batas y material de protección para hospitales, residencias y otros servicios que lo necesitaban, entre ellos efectivos de las fuerzas de seguridad. A través de una cadena de colaboración en la que participó la Guardia Civil, ayudó a distribuir material y llegó a elaborar batas hospitalarias a partir de cubiertas de camas y otros tejidos disponibles.
Aquel comienzo fue muy distinto del que había imaginado, pero también le permitió comprobar hasta dónde podía llegar la costura cuando se ponía al servicio de una necesidad concreta.
Farandulera: mucho más que coser
El nombre de su proyecto tampoco es casual. Eva lo eligió por su afición al teatro, al espectáculo, a la danza y al mundo del escenario. En un principio, imaginaba un taller centrado en la confección de vestuario para espectáculos. Con el tiempo, Farandulera fue encontrando su propio camino.
Hoy trabaja con prendas a medida y desarrolla talleres creativos en los que enseña a transformar ropa que ya existe. La idea es sencilla, aunque no siempre se tenga presente: antes de comprar otra prenda, merece la pena pensar si podemos arreglar, adaptar o dar una nueva vida a la que tenemos en el armario.
Esa forma de trabajar terminaría conectando con su tierra de origen. Eva se crió en Jaraíz de la Vera, aunque vive en Mérida, donde tiene su taller. Se define como «pimentonera, verata, serrana», una manera de resumir una relación con su comarca que va mucho más allá del lugar de nacimiento.
Quería hacer algo que hablara de La Vera, de su paisaje y de una actividad que forma parte de su identidad. Así empezó a tomar forma Corazón Pimentonero.
Para desarrollar la colección, estudió el proceso del pimentón: desde la siembra y la recogida del pimiento hasta su secado, molienda y envasado. Se preguntó qué materiales acompañaban cada fase y cuáles podían tener una segunda oportunidad en sus diseños.
Después preparó un dossier y se puso en contacto con empresas del sector. Tres de ellas decidieron colaborar aportando materiales: Orencio Hoyos, en Cuacos de Yuste; la Unión de Productores de Pimentón, en Jaraíz de la Vera; y Pimentón El Colorín, también en Jaraíz.
La respuesta de estas empresas permitió que el proyecto pasara de la idea a las prendas. Y también puso a Eva delante de un reto: trabajar con materiales que no están pensados para vestir.
La rafia se deshilacha al cortarla, los sacos tienen una textura y una resistencia particulares y las latas presentan una rigidez que condiciona el diseño. No basta con imaginar una prenda y ponerse a coser. Hay que escuchar lo que permite cada material, buscar soluciones y aceptar que el resultado no siempre puede ajustarse a una idea previa.
«Yo siempre digo que los materiales o los tejidos hablan y te dicen lo que quieren ser», explica.
En esa frase se encuentra buena parte de su manera de crear. No se trata de disfrazar un saco para que parezca otra cosa, sino de descubrir qué puede llegar a ser sin borrar del todo lo que fue.
Un viaje de Brasil a La Vera y, después, a la pasarela
Los sacos recuperados en Cuacos de Yuste son, probablemente, uno de los elementos que mejor resumen la filosofía de la colección. Antes de contener pimentón, habían transportado café procedente de Brasil. Después continuaron su recorrido en la industria pimentonera y terminaron almacenados en una antigua fábrica.
Su historia puede leerse en las etiquetas y en las marcas que han dejado los años. No son materiales nuevos ni han sido fabricados para una colección de moda. Precisamente ahí reside parte de su interés.
Eva no ha querido ocultar ese pasado. Lo incorpora a sus diseños y convierte el desgaste y la procedencia de los tejidos en elementos que aportan carácter a las prendas.
La operación tiene algo de rescate, pero también de memoria. Esos sacos hablan de una actividad industrial, de una forma de trabajar y de una comarca cuya identidad está estrechamente ligada al pimentón. Al transformarlos, Eva no solo evita que terminen desechados: también les da la oportunidad de contar su historia de otra manera.
«Tú ves en un saco de pimentón donde yo veo una oportunidad de crear algo extraordinario, algo único y que solo vas a llevar tú», dice.
No todos los materiales sirven para cualquier diseño, ni todas las prendas están pensadas para gustar a todo el mundo. Eva lo sabe y no parece preocuparle demasiado. Su propuesta se dirige a personas dispuestas a vestir algo diferente, con personalidad y con una historia detrás.
En Corazón Pimentonero, cada pieza depende de lo que el material permite hacer. La creatividad no consiste en partir de una tela perfecta, sino en trabajar con lo que hay y encontrar una salida que no estaba prevista.
Un homenaje a las mujeres que recogían el pimiento
La colección también mira hacia quienes han trabajado durante generaciones en los campos de La Vera. Uno de sus primeros diseños rinde homenaje a las mujeres pimentoneras que se levantaban de madrugada para recoger el pimiento, cuando la jornada comenzaba a primera hora de la mañana.
La propuesta recupera elementos de aquella imagen tradicional, como el pañuelo y el sombrero, y añade a la falda una faltriquera, en referencia al traje regional extremeño.
No es un detalle decorativo sin más. La intención es que la colección hable de una forma de vida y de quienes la hicieron posible. La moda sirve aquí como vehículo para acercar al presente una imagen del pasado, sin necesidad de reproducir literalmente la indumentaria de entonces.
Esa conexión con la memoria familiar aparece también en una de las colaboraciones más especiales del proyecto. El abuelo materno de Eva fue quien dibujó el logotipo que todavía utiliza Pimentón El Colorín.
Según le ha contado su madre, su abuelo visitaba por las tardes las pimentoneras para buscar inspiración. En una de aquellas visitas se fijó en un pequeño pájaro, un colorín, que saltaba entre los pimientos. De aquella observación surgió la imagen que acabaría identificando a la marca.
Décadas después, la empresa ha aportado materiales para una colección que lleva el nombre de la comarca. Eva se ha encontrado así con una conexión que une su historia familiar, la actividad pimentonera y su propio trabajo creativo.
No es necesario forzar el simbolismo para apreciar la coincidencia. El mismo entorno que inspiró a su abuelo ha terminado formando parte del proyecto con el que ella reivindica sus raíces.
Una colección que empieza a abrirse camino
La colección tuvo una de sus primeras oportunidades de mostrarse en Resotex, en Plasencia, la feria transfronteriza dedicada a la moda sostenible y al reciclaje textil organizada por Resotex y la Diputación de Cáceres. Eva recuerda especialmente el apoyo de Paloma, responsable de Resotex, que confió en su propuesta desde el principio.
Su trabajo ha recibido también un reconocimiento de ACME vinculado a la moda sostenible en el marco de los Premios Nacionales de Moda en su edición de Extremadura. Un respaldo que llega después de un recorrido que comenzó con un taller pequeño y una idea que todavía estaba por desarrollar.
A sus 53 años, Eva ha encontrado en la costura una nueva etapa profesional. No ha llegado a ella por el camino que había imaginado, pero sí con una experiencia acumulada que ahora aplica a un oficio en el que creatividad y técnica tienen que ir de la mano.
Entre sus aspiraciones está llevar Corazón Pimentonero a pasarelas de mayor alcance, incluso fuera de España. No oculta esa ilusión, aunque tampoco quiere adelantarse a los acontecimientos. Prefiere disfrutar del proceso, seguir trabajando y ver hasta dónde puede llegar la colección.
Por ahora, su objetivo no es convencer a todo el mundo de que se puede vestir un saco de pimentón. Es demostrar que un material que parecía haber agotado su vida útil puede convertirse en algo distinto, sin perder su historia por el camino.
Cuando lo que parecía el final se convierte en otra oportunidad
La historia de Corazón Pimentonero podría resumirse en una imagen: una etiqueta fechada en agosto de 1983 que vuelve a tener sentido más de cuatro décadas después. El saco que un día transportó mercancía y después quedó olvidado termina formando parte de una prenda que alguien lleva sobre una pasarela.
También hay un paralelismo en la trayectoria de su creadora. Eva tuvo que abandonar una profesión a la que había dedicado buena parte de su vida y empezar de nuevo en un terreno que conocía desde niña. Lo que durante años había sido una afición terminó convirtiéndose en su trabajo.
Hoy, desde Farandulera, reivindica una forma de crear que no depende de comprar siempre materiales nuevos ni de seguir las tendencias al pie de la letra. Sus prendas tienen otra procedencia, otra textura y una historia que no empieza en el momento de salir del taller.
Quizá esa sea la particularidad de Corazón Pimentonero: que antes de convertirse en moda, cada pieza ya había vivido algo. Y que, en lugar de borrar ese pasado, Eva Jabón ha decidido coserlo a su presente.
(Instagram: @_farandulera_ )