Una historia que empieza con Lorca
La relación de La bola negra con Federico García Lorca es evidente desde el principio. Los Javis parten de la obra que el poeta dejó inacabada, pero no intentan reconstruirla. La utilizan como punto de partida para contar su propia historia.
La película se mueve entre tres épocas —1932, 1937 y 2017— y sigue a personajes que, aunque viven realidades muy diferentes, están unidos por algo que parece sobrevivir al paso del tiempo.
Hay deseos que no cambian tanto. Y también hay miedos que se heredan.
Quizá esa sea una de las cosas que más me ha interesado de la película. No quedarse únicamente en lo que ocurrió hace décadas, sino preguntarnos qué parte de todo aquello sigue presente hoy.
El pasado no queda tan lejos
Es fácil pensar que determinadas historias pertenecen a otra época. Que aquello de tener que esconder quién eres, a quién quieres o cómo quieres vivir ya forma parte exclusivamente del pasado.
Pero La bola negra obliga a mirar un poco más despacio.
No estamos ante una película que pretenda dar una lección de historia. Habla de personas concretas y de decisiones concretas. De lo que se dijo y de lo que no se dijo. De las oportunidades que se perdieron y de las consecuencias que pueden tener los silencios cuando pasan de una generación a otra.
Y ahí la película consigue algo importante: que el espectador no mire aquellos años desde la distancia.
Los Javis dan un paso adelante
Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan muchos años formando parte de la cultura popular española. Los conocemos por sus series, por el teatro, por sus programas y por una manera muy reconocible de contar historias.
Con La bola negra dan un paso más.
Es una película grande, ambiciosa y, en algunos momentos, también arriesgada. No parece preocupada por ser una película sencilla ni por gustar a todo el mundo.
Y eso, personalmente, me parece positivo.
Hay escenas que funcionan especialmente bien cuando los directores dejan espacio a los personajes y no intentan explicarlo todo. Las miradas, los silencios y aquello que queda a medias tienen aquí tanta importancia como los propios diálogos.
El público también ha hablado
Quizá lo más llamativo de La bola negra esté ocurriendo fuera de la pantalla.
La película está llevando a mucha gente a los cines y ha conseguido superar ya los dos millones de espectadores. También está creciendo en taquilla después de sus primeros días, algo que no siempre ocurre con las películas que llegan con una expectación importante.
Pero hay otro dato que me parece más interesante.
La gente habla de ella.
En una época en la que muchas películas duran lo que tardamos en llegar a casa y abrir una plataforma, conseguir que alguien salga de una sala y quiera comentar lo que acaba de ver es casi una pequeña victoria.
Que guste más o menos es otra cuestión.
Lo importante es que provoca algo.
Lorca sigue teniendo cosas que decir
Hay algo especialmente interesante en recuperar a Lorca para contar una historia como esta.
Han pasado casi noventa años desde su muerte y seguimos encontrando nuevas formas de acercarnos a su obra. En La bola negra, además, no se trata solamente de homenajearle.
Se trata de comprobar que algunas de las preguntas que estaban presentes en su tiempo siguen siendo reconocibles.
Por eso la película no necesita convertir a Lorca en un personaje permanente. Su presencia está en el origen de todo, pero después la historia toma su propio camino.
Y quizá esa sea la mejor manera de acercarse a un autor como él: no convertirlo en una pieza de museo.
Una película que continúa cuando termina
No sé si La bola negra será finalmente nominada al Oscar. Ahora mismo es la película elegida por España y todavía tiene que superar varios pasos antes de llegar a la candidatura definitiva.
Pero creo que el verdadero éxito de la película está en otro sitio.
En conseguir que una historia sobre personas que tuvieron que callar durante mucho tiempo pueda llenar hoy las salas de cine.
En conseguir que alguien se reconozca en ella.
O que otro espectador descubra una realidad que no conocía.
O simplemente que, al terminar, alguien se quede unos minutos pensando.
Porque al final el cine también sirve para eso.
Para mirar hacia atrás y entender un poco mejor quiénes somos.
La bola negra habla de las vidas que no pudieron vivirse como sus protagonistas hubieran querido. Pero también habla de las posibilidades que existen cuando una sociedad cambia.
Y quizá por eso, cuando aparecen los créditos y se encienden las luces, la película todavía no ha terminado del todo.
Ahí empieza la verdadera conversación.