Quien ha hecho radio conoce ese instante. El piloto rojo todavía apagado, la mano sobre el fader, la mirada del técnico al otro lado del cristal. Nadie habla. Es un silencio extraño, porque no está vacío: está lleno de todo lo que está a punto de pasar. Así estamos estos días en Sonariva.
No os voy a contar qué va a ocurrir. No porque no queramos, sino porque hay cosas que se estropean al explicarlas. Una canción no se describe, se pone. Un gol no se anuncia, se canta. Y lo que llega el lunes es de esas cosas que hay que escuchar, ver y sentir para entenderlas.
Lo que sí puedo contaros es lo que sentimos dentro. Desde que encendimos la señal, Sonariva no ha dejado de moverse. La radio, la televisión, el MAG, los programas y todas las voces que se han ido sumando por el camino han crecido a un ritmo que a veces ni nosotros mismos alcanzábamos. Y llega un momento en el que un medio tiene que hacer lo mismo que cualquier persona cuando crece: cambiar de piel sin cambiar de alma.
Por eso os pido que os quedéis con una sola idea. El lunes, Sonariva evoluciona, pero no se va a ningún sitio. Seguirá sonando igual de cerca, con la misma gente al otro lado y las mismas ganas de contar lo que otros no cuentan. Cambia la forma. No cambia el porqué.
Hasta entonces, nos toca aguantar la respiración. Ese silencio también es Sonariva. Es el aire que se coge antes de cantar, el último segundo antes de que se levante el telón, el momento en que un estadio entero contiene el aliento antes del penalti.
Así que hacedme un favor. Quedaos cerca este fin de semana. Tened la radio a mano, la pantalla encendida y el móvil cargado. Y el lunes, cuando se encienda el piloto rojo, subid el volumen.
Tres. Dos. Uno. Lo demás, mejor escucharlo.



