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30.10.2026Cultura · Música · Televisión

Sabe más Mourinho por viejo que por diablo

Hay entrenadores que necesitan títulos para reivindicarse y otros que solo necesitan una noche grande para recordar quiénes son. José Mourinho ha vuelto a hacerlo.

Jose Mourinho, en el clásico

Goal (sitio web)

Hay entrenadores que necesitan años para construir un legado y otros que necesitan una noche para recordarnos por qué llegaron a la cima. José Mourinho pertenece a ese segundo grupo. Porque el portugués, al que muchos llevan tiempo enterrando futbolísticamente, ha vuelto a demostrar que todavía tiene argumentos para sentarse en la mesa de los grandes.

El Clásico no fue solamente una victoria del Real Madrid. Fue una reivindicación de Mourinho. Una de esas noches en las que el personaje queda en un segundo plano y el entrenador reclama todo el protagonismo. Y es que, mientras algunos siguen anclados en sus ruedas de prensa, sus provocaciones y sus guerras dialécticas, el portugués continúa demostrando que lo suyo también va de fútbol.
Y mucho.
Mourinho nunca ha necesitado enamorar a nadie con su propuesta. Su obsesión siempre ha sido otra: encontrar la manera de ganar. Entender dónde puede hacer daño, identificar las debilidades del rival y construir un equipo capaz de ejecutar un plan sin perderse por el camino. Puede gustar más o menos, pero reducir su fútbol a una cuestión de autobuses y contragolpes es no haber entendido demasiado bien al personaje.
Lo verdaderamente interesante del portugués es su capacidad para convertir los partidos en un escenario diseñado a su medida. Allí donde otros buscan imponer su idea a cualquier precio, Mourinho entiende que el fútbol también consiste en adaptarse, interpretar y encontrar soluciones. No siempre gana quien juega a lo que quiere. A veces gana quien consigue que el rival juegue a lo que no quiere.
Y eso es lo que le convierte en un entrenador tan incómodo.
Durante los últimos años, su nombre ha quedado asociado a un fútbol antiguo, a métodos caducos y a una personalidad que parecía haber devorado al técnico. Como si el paso del tiempo hubiera borrado de un plumazo todo lo que consiguió. Como si ganar con el Oporto, conquistar Europa con el Inter o competir contra equipos históricos fuera una cuestión de suerte.
Ahora llegan las preguntas incómodas: ¿estaba Mourinho acabado o simplemente teníamos demasiadas ganas de que lo estuviera? ¿Ha dejado de entender el fútbol o somos nosotros quienes hemos confundido la evolución del juego con la desaparición de los entrenadores que marcaron una época?
El Clásico no responde a todas esas preguntas, ni falta que hace. Una victoria no convierte a nadie en infalible, del mismo modo que una derrota no debería condenar una carrera entera. Pero sí sirve para recordar algo que algunos parecían haber olvidado: Mourinho sigue teniendo fútbol en la cabeza.
Y quizá ese sea su mayor triunfo. Haber conseguido que volvamos a hablar del entrenador y no solamente del personaje.
Porque el fútbol evoluciona, los sistemas cambian y las modas van y vienen. Pero la capacidad para leer un partido, preparar a un equipo y competir cuando más importa no caduca tan fácilmente.
A Mourinho le podrán discutir las formas, el carácter y hasta su manera de entender el fútbol. Lo que ya no pueden hacer es fingir que no sabe ganar.
Y es que hay algo que conviene recordar antes de enterrar a un entrenador de su categoría: cuidado con dar por muerto a quien lleva media vida demostrando que sabe sobrevivir.

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